El sector del transporte absorbe el 30 % de toda la energía consumida en la Unión Europea. Y el 98 % de los combustibles de transporte son de origen fósil (principalmente gasolina y diesel).
En los primeros años del siglo XX, tanto Estados Unidos como la Unión Europea apostaron fuertemente por sustituir parte de estos combustibles por otros de origen renovable (bioetanol y biodiesel). Se pensó que esta estrategia permitiría reducir la dependencia del petróleo, un bien cada vez más caro y escaso, y disminuir las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI), responsables del calentamiento global. Se pensó además que la producción de biocombustiles reactivaría el sector agrícola y permitiría un desarrollo rural basado no sólo en la producción de alimentos sino también de materia prima energética. En ese contexto, España se marcó como objetivo para el año 2010 que el 5.8 % de los carburantes consumidos en 2010 fueran de origen biológico (Plan de Energías Renovables 2005-2010).
Sin embargo, cada vez hay más evidencias que cuestionan la eficacia de esta medida y elevan la voz de alarma sobre los efectos negativos que lleva asociados. Lo que ayer parecía ser parte de la solución, hoy se describe como parte del problema.
Por un lado, la reducción en emisiones de GEI no es tan elevada como se había pronosticado, debido principalmente al elevado consumo energético derivado del cultivo, transporte y transformación de la materia prima cereal en bioetanol. Dependiendo del tipo de materia prima, del lugar de cultivo y del proceso de transformación energética, los Análisis de Ciclo de Vida (ACV) realizados por distintos grupos de investigación (CIEMAT, IFEU) han estimado una reducción de entre 10-40 % en GEI.
Esta política bio-energética tan agresiva está distorsionando el mercado mundial de alimentos. El aumento en la demanda de cereales y otras materias primas agrícolas con fines energéticos, está causando un alza sin precedentes en el precio de alimentos básicos (el precio del trigo o del maíz se ha multiplicado por 3 en los últimos 12 meses) que no puede ser asumido por las débiles economías de muchos países en vías de desarrollo, los cuales verán reducido su crecimiento económico y podrán vivir situaciones de desabastecimiento.
Además, la producción masiva de biocombustibles requiere de enormes superficies de cultivo que, en la mayoría de los casos se encuentran en bosques vírgenes de gran valor ecológico (e.g. Amazonia). Además del impacto sobre la biodiversidad, la deforestación de selva libera grandes cantidades de GEI, compensando a la baja el efecto positivo que se buscaba en el uso de biocombustibles. No es necesario incidir que el impacto en las sociedades indígenas de estas actividades es desastroso, mientras que los beneficios económicos reportan directamente a un pequeño número de grandes multinacionales agrícolas.
Las voces en contra de los biocombustibles resuenan cada vez con más fuerza (UN, Oxfam, DTE). Tanto es así que la Unión Europea se está planteando revisar su política sobre biocombustibles ya que “los problemas medioambientales y sociales causados por los biocombustibles y son mayors de lo que creíamos“. Michael Grunwald concluía en su artículo en Time Magazine, (14 de Abril, 2008): “Los biocombustibles no son parte de la solución. Son parte del problema”.

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